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lunes, 14 de marzo de 2011

EL FANTASMA DE LA ÓPERA


"Hijo de la oscuridad, hijo de las sombras... aprende a vivir en la soledad, eres diferente, ése es tu destino"

¿Qué cosa o asunto tan importante tuve en el año 2004, para no haber asistido al cine a admirar una película tan indescriptiblemente hermosa? No lo recuerdo y ya no importa, lo único trascendente -para mí, por supuesto-, es que por causas ajenas a mí, por estar postrada, por una inmensa tristeza a mi alrededor, hoy tuve la inmensa suerte de verla por primera vez, y digo primera, porque sé que la veré muchas veces antes de morir, las que pueda, las que quiera, las que el Destino me depare.

De esta maravillosa historia se han hecho muchas películas, recuerdo haberla visto en una matinée, hace muchísimos años, en un cine hoy desaparecido, en la lejana ciudad en donde pasé mi también lejanísima niñez. A mis ocho o diez años, no me fue posible comprender la hondura, casi impenetrable, que subyace en esta novela de George du Maurier, escrita a principios del siglo pasado; cuando aún no teníamos TODAS las respuestas, cuando se creía en la MAGIA, cuando era posible la existencia de fantasmas -hoy, desterrados de la imaginación de todos-; cuando todavía los gitanos llegaban a los pueblos con animales amaestrados que bailaban al son de una pandereta; cuando todavía no llegábamos a la luna para darnos cuenta de que sólo es un pedrusco estéril y frío y no tiene nada que ver con el amor que encadena a los que tienen la desgracia de creer en él; cuando no sabíamos qué hay detrás de cada puerta, cuando cerrábamos las ventanas con miedo al caer la noche, cuando nos sentábamos frente a una chimenea a escuchar los cuentos de las abuelas... ¡cuando estábamos vivos!

A partir de ésa primera vez, seguí aferrada a esta historia que dejó tan honda huella en mi sensibilidad de niña, siempre con la esperanza de que el final cambiara, de que Cristina decidiera quedarse en ese mundo subterráneo, mágico, ajeno al mundanal ruido de lo que llamamos normal. Pero no, en esos lejanos tiempos y en éste, la gente que habita en la superficie, se niega a cambiar y a aceptar lo que es diferente, lo que escapa a la comprensión de ese pequeñísimo mundo mental en el que habita y en el que se cree seguro y feliz. Pero, recuerden, los que en un futuro se atrevan a seguir llevando esta historia a los escenarios: Esmeralda amó a Cuasimodo. Imagino que se seguirán haciendo adaptaciones, nuevas versiones, nuevas películas y obras de teatro de esta sublime historia, pero dudo que hagan otra más bella que la que me ocupa hoy.

Esta obra literaria ha tenido un sinfín de adaptaciones a todos los escenarios posibles, pero sin lugar a dudas, sé que estuvo esperando por casi cien años, la inefable música que Andrew Lloyd Webber compuso para ella, el increíble guión que Joel Schumacher y el propio Webber escribieron para esta película, las actuaciones de Gerard Butler, -que canta y lo hace divinamente-, la hermosísima voz de Emmy Rossum, que con tan sólo diecisiete años, lo hace con un corazón inmenso y un talento gigantesco, la Dirección impecable de Schumacher, una Dirección de arte pocas veces vista... en fin, que si hubiera la oportunidad de darle una calificación, sería un diez perfecto.


En un oscuro laberinto, bajo el Teatro de París, creció y vivió un niño solitario, apartado de la terríficamente egoísta humanidad, que a lo largo de los milenios que tenemos de ser civilizados, no hemos aprendido ninguna lección que nos haga ser mejores. Ahí, y sin nadie que hablara con él, como una fiera peligrosa, éste niño se hizo hombre y aprendió que podía crear un universo mejor que el que lo había rechazado. Creó música celestial, creó escenarios maravillosos y creó una voz: la de Cristina. Pero este creador era celoso como los dioses, quería agradecimiento y sumisión de los demás, quería amor a cambio de tantos dones. Nadie le advirtió acerca de la traición, nadie se tomó el trabajo de recordarle -porque ya la había sufrido-, la maldad de los hombres, nadie le habló de la ingratitud que nos aqueja a TODOS.


Al final, y después de haber dado tanto, sacrifica su existencia para que la mujer a la que ha dedicado su vida, sea libre y feliz (?), al lado del hombre que ama. ¿Un castillo, un título, la maternidad y la monotonía cotidiana pueden suplir al verdadero AMOR y llenar toda una vida? ¿Porqué el Vizconde de Chagny lleva a la tumba de su esposa el juguete que tenía el Fantasma en su mundo? ¿Porqué llora cuando mira la rosa roja atada con el listón negro al pie de la tumba? ¿Porqué no sonríe cuando es él quién supuestamente ha ganado? ¿Porqué parece sufrir de una melancolía crónica? En su mente, el Vizconde escucha una canción: "¿Estarás siempre conmigo, toda la vida, los dos juntos...?" Y cae el telón dejándonos clavados en la solitaria butaca de un oscuro cine.