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lunes, 16 de febrero de 2009

¡Malditos griegos!



¿Amar a los griegos en estos tiempos violentos? ¡A quién se le ocurre!


Orestes atraviesa el pecho de su madre para vengar el asesinato de su padre, Edipo pincha sus ojos con el broche de la túnica de su madre Yocasta, porque la había conocido como hombre, Medea mata a sus hijos para castigar a su esposo infiel, aunque este haya sido un gran héroe, Ayax se suicida al darse cuenta del ridículo que había hecho por la locura a que lo indujeron los dioses por su soberbia, Antígona se convierte en lazarillo de su padre ciego, por amor y por deber...Ninguno de ellos dudó ni siquiera por un momento acerca de lo que debería hacer. Tenían que hacerlo y punto.


El mundo en el siglo XXI, es muy diferente. Dos mil quinientos años después de escritas estas obras magníficas, sólo sirven para estudiarse como documentos milenarios de una cultura grandiosa que lo pensó todo, que lo dijo todo, que trabajó en la construcción de un espíritu humano destinado a conquistar las estrellas, que construyó el edificio que alberga lo mejor que hemos hecho y que, aún después de tanto tiempo y en contra de todo y de todos, se niega a desaparecer.


Pero, conocer, comprender y amar a los griegos en el año 2009 ¿nos hace más felices? Quizá diferentes a la gran mayoría, pero no felices. Ni era éso lo que ellos buscaban. En principio sólo querían entender porqué estábamos aquí, porqué pensábamos, porqué éramos diferentes a todos los seres vivos, y después, qué era lo que teníamos que hacer con esa diferencia. Querían llegar al lugar en dónde habita el alma humana, a esa parte incognocible y remota que sólo unos cuantos llegan a vislumbrar y que, por supuesto, no viven para contarlo a otros. Se llevan el secreto a regiones prohibidas en donde sólo los que han sentido alguna vez el vacío total, la insoportable levedad del ser, pueden llegar.


Vivimos en una época grosera y vulgar que ha perdido el rumbo de la existencia porque perdió la imaginación para crear algún rumbo que seguir. No viajamos a bordo del Argos, ni nos ocupa ninguna misión que cambiará el rumbo del mundo. Sólo nos sentamos frente a la mesa de algún café a mirar pasar la vida. No nos quita el sueño, haber dejado nuestros sueños en la orilla de una banqueta, en una acera de cemento, al borde de una alcantarilla o aplastado bajo las ruedas de muchos autos en el periférico. Todo nos dá lo mismo; sólo queremos vivir el momento, pero, por principio ¿estamos vivos? ¿Esto que llamamos vida, es todo lo que tenemos? ¿No podemos aspirar a más?


Nos aferramos con unas fuerzas dignas de mejor causa a esta existencia estéril y estúpida, fea y chata, cuadrada y obtusa, sólo porque nadie nos ha dicho que existe otra. Estamos dispuestos a aceptar cualquier cosa con tal de no sentir que estamos solos, a pasar sobre nosotros mismos, a creer a cualquier profeta apocalíptico y loco que nos diga lo que queremos escuchar, aunque sepamos de antemano que nos miente. Estamos dispuestos a perdonar cualquier cosa o situación, o debilidad humana, porque sabemos que muy pronto nosotros también necesitaremos del perdón de alguien, porque sabemos que en cualquier momento podemos caer, tenemos la certeza -aunque muchas veces incosciente-, de que somos sólo lodo y buscamos el lodo para revolcarnos en él. Queremos seguir viviendo aunque intuimos de alguna manera que estamos muertos.


¿Porqué nos sentimos hartos, ahítos de todo si ni siquiera hemos sido invitados a ningún banquete? Esperar a que alguien, en pleno siglo XXI entienda el porqué amamos tanto a los griegos, el porqué intentamos seguir sus pasos, y el porqué los que nos rodean piensan que estamos locos, es algo que que no tiene sentido. Quizá la única salida, si es que lo es o hay alguna, sea una ascéptica celda de un hospital psiquiátrico.